
Las flores y los árboles callan con sus sombras largas, son ese sabor agridulce en la boca.La voz del gorrión es la palabra incomprensible de un sueño, al mismo tiempo que, los ladridos de tres o cuatro perros callejeros se mezclan con el murmurar de los vecinos. Alguien sube la escalera y la sacude, su sonido pica en un temblor cuando se mueve tanto que parece que se cae el edificio. Aquella música se disuelve en el eco y las ruedas y los claxons tienen un lugar a parte, más seco por aquello del asfalto. Un grillo se pierde pero vuelve a mí como un negro boomerang. Puedo escuchar las voces de los borrachos que se pelean por cerveza tibia, nunca sin su pena de amor correspondiente. De vez en cuando la señora regaña a su hija por irse demasiado lejos, la hija siempre chilla por que nunca es lo suficientemente lejos (desde pequeños sabemos que las percepciones siempre son distintas).
La luz languidece y se deja caer por su propio peso. Ahora somos de la tarde, de la melancólica humedad y de los cantos célticos de un grillo que siempre vuelve y que nunca se ha ido. Parece que nos detenemos, pero seguimos avanzando a 30km/seg en el vacío, hasta que la próxima primavera nos alcance. Hasta que me convierta en sombra agridulce.

